| free hosting image hosting hosting reseller online album e-shop famous people | ||
![]() ![]() |
||
-Jushiro, tráeme una caja pequeña que hay en el
ropero.
-¿Una de bambú? Aquí la tienes.
-Hijo, no te vayas. Quiero contarte algo, siéntate
a mi lado.
Hace
ya dos generaciones que la familia de Sakura estaban en el país. Prácticamente
chilenos ya, su abuelo había arribado junto a muchos otros japoneses cuando
ocurrieron las grandes inmigraciones al Perú. Aparte de su nombre, lo puesto y
una pequeña caja de bambú, no había logrado conservar nada más de su vida
anterior. Había trabajado en muchos lugares y debido a ser un hombre muy
honrado y más culto que el resto, había logrado el aprecio de los patrones y
logrado estabilidad en éste país. Se casó tiempo después con una hija
de japoneses. Siempre conservó su caja de bambú y antes de morir se la entregó
a su único hijo, Jushiro.
Sakura junto a su hermana Aye fueron la dos únicas
hijas de Jushiro, quien se había casado en Iquique con una chilena, doña
Isolde.
Sakura nunca tuvo hijos, pero si había criado a su
sobrino, que llevaba el mismo nombre de su abuelo, Jushiro, tras la muerte de su
hermana.
-Mira, esta caja me la dió mi madre. La trajo tu
bisabuelo, de Japón. En ella vienen recuerdos del pasado y un secreto que ha
sido develado de generación en generación y debe seguir siendo así. Las almas
de la gente que hemos querido sólo descansan cuando nos acordamos con cariño y
respeto de ellos.
Jushiro la miró con paciencia una vez más. Estuvo
a punto de decirle que no tenía tiempo para historias. A sus 22 años era un
joven ansioso, impaciente, y veía con pena que su “madrecita” se desvanecía
en el tiempo debido a un cáncer que la afectaba hace un par de meses. Suspiró
y se sentó a su lado. En el momento en que Sakura abrió la pequeña caja un
reflejo, como el que hace la hoja de una espada encegueció a Jushiro por un
momento. Este destello incomprensible avivó en él la curiosidad. Luego, Sakura
comenzó un increíble relato.
Escapando
de Bancook logramos subir a un barco que iba hacia Japón. Salir del país sin
ser vistas fu sumamente difícil....pero
lo logramos. Casi llegando al Japón fuimos descubiertas. Nos trataron bien, nos
dieron comida y abrigo. Dos días más tarde fuimos vendidas en el puerto de
Tokio. Nos compró una mujer que tenía una posada. Fueron días difíciles. No
hablábamos el idioma y recibía más golpes que palabras. Por suerte la pequeña
Inés debido a su corta edad, se mantenía un poco ajena a todo lo que ocurría.
No llevábamos ni un mes en aquel lugar cuando
ocurrió algo que cambió el curso de nuestras vidas para siempre. Estaba
limpiando el suelo, de rodillas, cuando aparecieron unos clientes medio ebrios
por el pasillo. Uno de ellos tropezó conmigo. De lo que me dijo, nada pude
comprender, pero cuando vi brillar su espada en el aire pude entender claramente
la suerte que correría si no hacía algo ¿pero qué haría? Sólo cerré los
ojos. Por mi mente surcaron veloces pensamientos ¿qué ocurriría con Inés?
Maldito destino el que teníamos. En ese momento un relámpago azul detuvo la
espada que caía sobre mi. Sin pensarlo dos veces corrí al patio donde jugaba
Inés. La tomé en mis brazos y me quedé de pie, helada de la impresión, sin
poder entender aún con claridad lo que había pasado. Adentro todos discutían
y la dueña del lugar gritaba como si la hubiesen querido matar a ella. La mujer
salió al patio y comenzó a golpearnos con un palo. Inés lloraba confundida.
De pronto, un brazo poderoso arrebató el palo de sus manos. Era un hombre muy
alto. Cruzó algunas palabras con la mujer de la posada, como regateando y
finalmente la mujer se fue con cara de triunfo, no sin antes escupirnos diciendo
quien sabe qué.
Nuestro protector me dio un suave empujón en el
hombro para indicarme que lo siguiera. Abracé fuertemente a Inés y lo seguí.
Era un hombre muy apuesto. Muy alto para ser japonés y muy fornido. Llevaba
espada cruzada al cinto, evidenciando su condición de samurai. Su voz era
calmada y de tono grave. Sus palabras.......incomprensibles. Sus largos cabellos
me dieron la impresión de estar frente a un dios de la guerra.
Mientras caminábamos me fue diciendo muchas cosas.
Al darse cuenta de que nada podíamos entender guardó silencio. Caminamos largo
rato, hasta que se detuvo en un cruce de caminos e hizo una serie de ademanes
como tratando de decirnos que éramos libres. Yo no me moví y al igual que hace
un cachorro con su amo, cuando él nos daba la espalda, lo seguía. Finalmente
desenvainó su espada y rayó con ella el suelo. Era evidente que no quería que
le siguiéramos, que no cruzáramos la línea. Caí de rodillas y dejé a Inés
en el suelo. ¿Qué haríamos solas en este lugar? Un extraño sentimiento de
miedo y desesperación me invadió y comencé a llorar en silencio. Abracé
fuertemente a mi hija. Sequé mis lágrimas con el dorso de mi mano, me puse de
pie y mirándole fijamente a sus hermosos ojos negros le agradecí
-Te agradecemos infinitamente
el habernos salvado señor.
Jamás podría pagar..........
Tomé una de sus grandes manos entre las mías y se
la besé. Luego tomé a Inés en brazos y comencé a alejarme lentamente. En mi
corazón latía la esperanza de que no nos dejara ir. De pronto escuché su voz
y me volví a mirarlo. Hizo una seña con su mano para que le siguiéramos y sin
dudarlo, lo hice.
Caminamos en silencio un corto trecho entre los árboles.
Llegamos a un río desde donde se veía una pequeña casa que parecía ser suya.
Entramos. Nos mostró la casa y nos indicó una habitación. Luego nos dio algo
de comer y salió.
Pasaron muchas horas antes de que volviera, incluso
temí que no regresara. Inés ya dormía cuando apareció. Mi corazón saltaba
de miedo. Nos había salvado, pero no sabía que podía esperar de este hombre.
La casa estaba oscura, no me había atrevido a tocar nada. Nos buscó en
silencio, me tomó por una muñeca y me tironeó suavemente para que lo
siguiera. La palidez de mi rostro y la redondez de mis ojos le causaron gracia.
Sonrió al tiempo que susurraba palabras que calmaron mi miedo, a pesar de no
entender su significado.
Me mostró cómo se encendía el fogón y cómo
iluminar la casa. Luego preparó, con gran habilidad, comida para los dos y me
sirvió amablemente un trago de sake. Puso una de sus manos en su pecho y me
dijo su nombre
-Seijuro Hiko. Hiko-
luego tocó mi hombro y dije mi nombre
-Mercedes- y marcando su estatura con la mano- Inés.
Sonrió satisfecho y esa sonrisa calmo algo más
mis miedos. Luego me sirvió más sake.
Al día siguiente, cuando desperté, él ya estaba
afuera partiendo leña a un costado de la casa. Inés jugaba a su lado. ¿Por qué
algo tan natural como eso no nos había ocurrido antes? Parecían un padre y su
hija.
Cuando Inés me vio corrió contenta hacia mi.
-Ven, buscaré algo para que desayunes-
-Ya desayuné con Hiko hace mucho rato- y salió
corriendo a continuar con sus juegos.
Me quedé sorprendida apoyada en el dintel de la
puerta. Me dolía la cabeza. Hiko se me acercó sonriendo. Me señaló el sol en
lo alto del cielo y tocando mi cabeza dijo
-Sake.
Tenía toda la razón El beber sin tener costumbre
no había sido buena idea. Lo más probable es que me había embriagado; ni
siquiera recordaba haberme acostado la noche anterior.
..........................................................
Poco a poco fuimos aprendiendo el japonés y yo, a
beber sake.
Uno de mis grandes temores era el no saber que
pensaba hacer Hiko con nosotras, o hasta cuando podríamos quedarnos con él.
Sin embargo, el tiempo pasaba y las cosas parecían seguir siempre igual. A
veces Hiko se ausentaba por algunos días pero siempre volvía. Inés lo
esperaba, era como que supiera cuando iba a llegar, luego corría hacia él y
ambos se abrazaban con cariño. La relación que comenzaba a formarse entre
ellos era increíble. Inés aprendía con rapidez el japonés y antes que
pudiera darme cuenta, practicaba las técnicas batu junto a Hiko. Padre e
hija.......
-Quiero que también practiques- me dijo un día al
regresar, alcanzándome una espada- No creo que pueda cuidarlas por siempre.
La verdad es que no tenía ganas de tomarla, pero
lo hice. Era liviana y más corta que la espada que él tenía. La había
mandado a fabricar para mi.
-Vamos, atácame ¿Cómo lo harías?- preguntó en
tono burlón.
Sin dudarlo blandí la espada como bien sabía
hacerlo, tal vez ya era tiempo de que Hiko supiera quién era realmente. El era
demasiado buen espadachín como para que yo pudiese dar en el blanco, pero el
buen manejo que demostré del arma, lo dejó con la boca abierta.
-Creo que debemos conversar- dijo muy serio- ya es
tiempo de aclarar quienes somos. Hace un tiempo que decidí lograr que se
independicen de mi. No puedo obligarlas a quedarse para siempre. Creo que no te
diste cuenta, pero el mismo día en que las compré...
-¿Comprarnos? – interrumpí- no lo sabía.
-Ese mismo día les di la libertad ¿o no recuerdas
cuando rayé el piso con la katana?
¿Quién eres Mercedes? Nada me debes, pero quiero
saber quien eres.
No me quedaba más que contarle el pasado que
deseaba olvidar.
-Mi padre era comerciante en Tahilandia, soy española.
El murió siendo yo muy niña y como nadie conocía algún pariente, unos amigos
de papá me adoptaron. Esa familia tenía cuatro hijos varones y todos
practicaban con la espada. Aunque no es muy común que una mujer use espada,
aprendí con ellos. Luego comenzó la revolución y se unieron a un grupo
libertador, del cual más tarde también formé parte. Uno de estos valientes me
desposó tras haber hecho un arreglo con mis padres adoptivos. Bueno, así se
acostumbra allá. Inés ya había nacido cuando en una revuelta murieron todos.
Todos excepto yo, por no estar ahí........ Mi suegro, temiendo por nuestras
vidas nos ayudó a escondernos, pero tuvimos que escapar. Llegué al puerto y
subí a escondidas en un navío que, después supe, venía al Japón. Cuando la
tripulación nos descubrió, no nos hicieron nada, pero al llegar a Tokio nos
vendieron como esclavos. El resto de la historia.. ya la conoces.
Hiko me miró serio por algunos segundos. Era como
si sus ojos buscaran en mi rostro algo que diera fe de lo que le había contado.
Luego, un silencio interminable, en el cual pensé en las mil situaciones que
podían ocurrir, llamó a Inés y le dijo
-Desde hoy ya no serás más Inés, te llamarás
Sahiko. Mírame y escúchame bien, Yo soy tu Padre y seré tu maestro de Kendo.
-¿Mi padre? Pensé que no tenía. ¿Por qué no me
lo habías dicho antes? – y le abrazó fuertemente, con esa candidez de los
cuatro años.
Hiko,
mientras abrazaba a Sahiko me miraba con unos ojos profundos y fieros, una
mirada que nunca antes había visto en él.
-Mercedes.... – dijo bajando la mirada- aunque no
sea cierto, desde hoy serás mi mujer. Y te pido me dejes llamarte Saayo.
-Entiendo lo que haces y te lo agradezco
infinitamente. La vida de I...de Sahiko es lo que más me preocupa y te
agradezco la tomes bajo tu protección.
Me arrodillé a sus pies, un poco confundida por
todo lo que ocurría. Sentí sus manos en mis hombros, levanté la cabeza y lo
vi de rodillas frente a mi.
-Tienes todo mi respeto. Las protegeré con mi
vida.. Pero debes prometer que no habrá mentiras entre nosotros.
-Lo prometo- dije despacito.
Luego me acarició en la mejilla, ajustó su espada
y salió.
......................................
Cuando conocí a Hiko yo tenía 26 años y él 37.
Lo amé en silencio como su verdadera mujer por más de 9 años. En silencio y
con dolor, ya que nunca fui realmente su mujer, excepto una vez............
.......Fue a finales del verano, una tarde llena de
luciérnagas y olor a madreselva. Esa tarde ocurrió algo que sólo años después
comprendería completamente. Sahiko dormía. Yo había preparado el baño con
agua caliente. Se había oscurecido y no había encendido ni una sola luz,
cuando llegó Hiko. Traía un hermoso kimono para mi. Hace tiempo que solo vestía
una camisa suya y mis viejos pantalones. Estaba por tomar el baño cuando la
puerta del cuarto se abrió de golpe y apareció él con la espada en la mano.
-¡Saayo! -
dijo angustiado.
-¿Qué ocurre Hiko?-
-La casa oscura....no te encontré. Pensé que algo
había ocurrido.
-Ven aquí- le dije caminando hacia él.
Se acercó caminando mansamente, sin cruzar mi
mirada. Le abracé y luego tomé su rostro entre mis manos y le besé los labios
suavemente, con temor de ser rechazada. Me rodeó con sus brazos y me besó
apasionadamente. Le ayudé a quitarse la camisa y comencé a besar su pecho
mientras él me acariciaba suavemente, lentamente nos fuimos acercando hacia el
baño tibio y nos amamos, él con ternura y yo con sinceridad. De pronto me
pareció que sus ojos lloraban como los de un niño. Hundió la cabeza en el
agua y la volvió a sacar, limpiándose los ojos con las manos. Era como si su
pecho no pudiera soportar algún recuerdo.
-Dijimos que sin mentiras-
-Lo se Saayo. Pero no se como.........
-Esta bien, no es necesario...
-Tuve mujer años atrás. No estuve cuando me
necesitó. Murió dando a luz a una bella niña... que tampoco quiso esperar por
mi.
-¡Hiko! Lo siento mucho, yo no...
-Ustedes llevan sus nombres ahora.
Salió del agua hermoso y triste. Se anudó una
bata de lino a la cintura, tomó su espada y me tendió la mano.
-¡Vamos!- me dijo- Te he traído un kimono.
Ese era Seijuro Hiko.
..............................................
-¡Saayo! – Hiko entró presuroso a la casa-
vamos ponte algo de mi ropa. Con kimono no podrás cabalgar.
-¿Cabalgar? ¿por qué?¿a dónde? ¿y Sahiko?-
-Mujer, no hagas tantas preguntas a la vez-
Se le veía nervioso, algo muy extraño en él. Buscó entre su ropa algo para mi y me lo lanzó mientras
escribía una nota en un pedazo de papel. Me vestí, busqué mi espada y la
colgué a mi espalda.
-Bien, ¿a dónde vamos?-
-A dónde vas, querrás decir, yo debo quedarme aquí.
Toma lleva esta nota a Kenshin Himura, en Kyoto. Busca el Dojo Camiya.
Me acerqué a él mientras terminaba de escribir y
fue entonces cuando vi en su brazo un corte de espada.
- ¿Están en Tokio?
-Cálmate. Por eso quiero que te vayas. Por la dueña
de la posada dieron conmigo ¿la recuerdas? Toma- metió la nota en el doblez de
mi camisa.
-¿Y Sahiko?
-A salvo, lejos de aquí. En casa de unos amigos
que sabrán defenderla si es necesario. En todo caso...... tendrá sólo catorce
años, pero es casi tan buen espadachín como yo- dijo sonriendo, vanagloriándose
de su condición de maestro.
Me ayudó a subir al caballo, me entregó unas
monedas y le dio un golpe en el anca al animal para apresurar la partida. Yo tiré
de la rienda y giré. No podía irme así, no sabía si volveríamos a vernos.
-Siempre te he amado Seijuro Hiko-
Me hice hacia un lado y nos besamos con cariño y
con perdón. Me miró con sus valientes ojos, casi sin expresión, como
reprimiendo algo en su corazón.
-No olvides que eres mi mujer. Mi corazón siempre
estará contigo.... Mercedes.