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EL ULTIMO AULLIDO DEL LOBO
-Tu recuperación ha sido increíble, más
aún en tu estado- dijo Megumi mirándome a la cara como evaluando mi reacción.
-No se a que te refieres Megumi- dije muy seria.
-Vamos, no es necesario ser médico para darse cuenta de que tienes por
lo menos dos meses de embarazo. Es un milagro que después de todo lo que pasó,
no lo hayas perdido.-
-Oye, por favor, baja la voz. Esta situación es muy difícil para mi-
-¿Difícil? ¿Qué tiene de difícil Mercedes? Dile a Saitho y punto. Te
ama como un loco. Saltará de felicidad.
Si, era cierto. Saitho sería muy feliz si aceptara ser su esposa. Me lo
había pedido en más e una ocasión desde que ocurrió el incidente en el río.
Más feliz si le diera un hijo. Pero algo en mi corazón me decía que ese niño
no era suyo. Yo había estado con Hiko cuando todos pensábamos que moría y la
noche anterior había estado con Ookami.
-Megumi....recuerdas el día que te llamaron para que atendieras a Hiko
en casa de Saitho. Mientras tu llegabas, estuve con él-
-Seijuro Hiko, el mejor amante del Japón. Hasta muriéndose............
-Vamos, no bromees.-le dije molesta- Lo malo de todo esto es que la noche
anterior..
-¡Estuviste con Saitho! Cielos, ese si que es un problema. Mira
Mercedes, deja que tu corazón te guíe. Si Saitho realmente te ama, entenderá.
Estoy segura. Amiga, olvida a Seijuro. Ese hombre es un semidios, un imposible.
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-¿Pero que haces mujer? Kenshin fue a buscarme dice que te vas.
¿A dónde?¿Con Seijuro?- era Saitho. Venía muy alterado y con
intenciones de no dejarme marchar.
-No, no vuelvo a Tokio. La verdad es que ..........
-¡Es que nada! –dijo autoritariamente- Esperas un hijo....y puede ser
mío, si es que tu lo quieres.
-¡Megumi! ......
-No te enojes con ella, yo la obligué a decírmelo. Tu comportamiento ha
sido muy extraño y...... –cambiando de enojo a súplica- No me dejes
Mercedes. No lo hagas
Me acerqué a él y busqué el calor de su abrazo.
Realmente había sido muy agradable escuchar esas palabras.
-No me dejes Mercedes. En estos brazos has sido feliz. En estos brazos te
has sentido segura.... y en ellos volviste
a la vida. Formemos una familia y olvidemos lo que nos molesta del pasado. Te
prometo que si ese niño es de Seijuro no me importará. Será Mi Hijo y llevará
mi apellido. Confía en mi Mercedes. Es una promesa.
Y confié en él.
Seis meses después, siendo la esposa de Saitho, tuve un hermoso niño.
Saitho estaba feliz y le puso por nombre Hajime Hiroshi. Nunca volvimos a tocar
el tema de la posible paternidad de Seijuro, ni siquiera cuando al niño se le
definió el negro color de sus valientes ojos.
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Llevábamos una vida tranquila, estable. Hiroshi crecía con rapidez.
Saitho era un buen padre y un amante esposo.
Hace un tiempo que Saitho había comenzado a entrenar a su
hijo en las técnicas batu. Quería enseñarle las variaciones que él
había dominado del Gatotsu. Hiroshi era un entusiasta estudiante, y con tan
solo cinco años demostraba tener una habilidad innata en estas artes.
Saitho, debido a su trabajo y a la inestabilidad por la cual pasaba el
actual gobierno, pasaba mucho tiempo fuera de casa. Esto lo intranquilizaba, por
lo cual muchas veces nos quedábamos con Kaoru en el dojo. Ella había tenido al
pequeño Kenji un año después de que naciera Hiroshi. Kenshin rara vez estaba
ahí, sus ansias de búsqueda de la verdad y de poder ayudar a los demás con ésta,
le habían convertido de nuevo en un vagabundo. Así que nos acompañábamos
mientras veíamos como nuestros hijos crecían juntos.
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Una triste tarde de otoño, mientras los chicos jugaban en el patio, llegó
un jinete hasta el dojo. Era un mensajero enviado por algún agente de la policía,
cuyo nombre jamás quise recordar. Un grupo de realistas muy bien armados habían
asaltado las oficinas del gobierno en la ciudad. La policía había hecho su
aparición al mando de Saitho.........Antes de que el mensajero me lo dijera yo
ya lo había adivinado, Saitho había sido gravemente herido. Los realistas habían
atacado con explosivos, ante lo cual ni el mejor de los gatotsus podría haberlo
defendido.
Fui llevada al hospital, con el alma y el corazón rotos una vez más. La
felicidad que había logrado capturar al lado de este lobo solitario se me
escapaba entre los dedos.
-Saitho san- murmuré en su oído – amor mío, ai-shiteru.
-Está muy mal –me dijo el doctor que lo atendía- Hajime-sama, no creo
que la escuche.
-No importa, daría mi vida por él- le contesté- así que lo acompañaré
hasta que lo necesite.
Tomé su mano y estuve con él así por horas. Ya casi de madrugada abrió
los ojos, esos ojos de lobo.
-Mercedes, cuida a nuestro hijo- me dijo- Cuando sea mayor, háblale de
mi.......y cuéntale quién es su verdadero...padre.
-¡Saitho san! No sigas por favor. Cumpliste tu promesa de aceptar a
Hiroshi como tuyo. Cumpliste tu promesa como siempre. Que más puedo hacer que
contarle a tu hijo lo valiente que has sido. Mantener fresco en su memoria tu
recuerdo.
Le contaré como protegiste a su madre, como me amaste. Amor mío
............
-No llores. El destino de un samurai es este y ambos lo sabíamos- dijo
ya casi sin aliento.- Busca a Seijuro, el te ama aún ......con él estarás
segura. Que enseñe el batu a mi hijo.
Algunas horas después cerró sus ojos para siempre. Hice lo imposible
por no llorar, ya que una mujer no debe avergonzar con llantos a un valiente
como este, pero mi corazón lo lloraría hasta el día de mi propia muerte.
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Pedí que lo enterraran con mi espada. Quería conservar la suya para
Hiroshi. La espada de su padre, la espada sin nombre, como decía Saitho.
Hiroshi, valiente guerrero de sólo cinco años. Cuando vió a su padre
muerto se acercó y le besó la frente. Tiempo después me dijo que ya
no temía a la muerte, porque su padre siempre estaría al “otro
lado”.
Nos habíamos quedado solos y con el tiempo, terminamos viviendo en el dojo junto a Kaoru, quien vivía la ausencia de Kenshin con paciencia y esperanza.
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-Kenji, alguien golpea la puerta de calle, ¡Vamos! Tal vez sea tu padre-
dijo Hiroshi. Ambos chicos, Hiroshi de siete y Kenjii de seis, eran grandes
amigos, eran como hermanos. Al abrir se encontraron con un visitante
desconocido. Un hombre demasiado alto y fuerte para ser el padre de Kenji.
-Hola chicos- saludó el visitante.¿Está Kaoru sama en casa?- los
chicos se miraron sin saber que contestar. Ellos eran los hombres de la casa y
decidir si dejaban pasar a este gigante era algo que no podían resolver. Al ver
la cara de Kenji el visitante se presentó
-Soy Seijuro Hiko, y si no me equivoco, fui el maestro de tu padre, de
Kenshin Himura- ¿Está Kaoru sama en casa?- volvió a preguntar
-Sí. Iremos a buscarla- contestó Hiroshi, sintiéndose mayor que
Kenjii.
Seijuro, al ver a Hiroshi se quedó mudo. A pesar de ser un muchachito y
él un hombre maduro, mirar la cara del muchacho era como haberse visto en un
espejo. No lo podía creer. Hiroshi también tuvo la misma impresión y se
quedaron mirando por un buen rato. Luego Seijuro preguntó con un dejo de temor
- ¿Está Mercedes sama en casa?