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Ya han pasado cuatro años desde la
muerte de mi madre. Hiko siempre me repetía que fue una mujer excepcional,
maravillosa. Se vanagloriaba de haber tenido por mujer a la amante de un rey y a
la esposa de un valiente guerrero. Hiko
mi verdadero padre. Yo agregaría que también fue la mujer del mejor samurai de
todo el Japón.
Muchos años han pasado desde aquel día
en que volvió a encontrarse con mi madre en el dojo de Kaoru san. Tantos años
como estrellas hay en el cielo me decía mamá, cuando le preguntaba desde
cuando había amado a Seijuro Hiko.
A pesar de ser un samurai, como mi padre
(o debo decir como mis padres), se me aprieta la garganta y se me nublan los
ojos al pensar en todo lo que ocurrió en el pasado. Me duele no haberle dicho
padre a Hiko, pero también me habría dolido hacerlo. Mi madre se encargó de
mantener frescos los recuerdos de Hajime Saitho en mi memoria. Y su nombre me
acompañará por siempre.
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Después que mamá se reencontró con
Hiko en el dojo, todos fuimos a vivir a Tokio. Allí conocí a mi media hermana,
Sahiko. También una extraordinaria mujer, de la cual, con el paso de los años
he perdido toda pista.
Hiko, cumpliendo con lo que mi madre le
prometiera a Saitho, me entrenó en el estilo Hiten Mitsuruyi. Siempre usé la espada de Saitho, que mi madre había
guardado para mi y aún la conservo.
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Cuatro años han pasado y aún me parece
que fue ayer.........
-Hiroshi, ¡Hiroshi!- me llamó Hiko
desde la puerta de la casa. Corrí a su lado preocupado. Mi madre llevaba
algunos días muy enferma y el médico había dicho que le que daba pocos días
de vida.
-Hiko, dime ¿ocurre algo malo?-
-.......................... será mejor
que vengas conmigo- dijo Hiko
Mi madre estaba muriendo. Nos hizo
prometer mil cosas, recordar mil cosas. Mi madre........... ¡cómo la extraño!
Se despidió de mi con un beso cálido y luego los dejé solos para que
compartieran ese último momento de intimidad, de amor eterno. Desde la otra
habitación escuché como se perdonaban el uno al otro por todos los errores
cometidos, como se agradecían. También escuché a Hiko decirle que no tuviera
miedo, que al pasar a la otra vida encontraría a su también amado Saitho esperándola
para protegerla hasta que a él le llegara su turno.
Seijuro Hiko siempre noble, siempre
protector ¡Cuánto amaste a mi madre!
Esa tarde mi madre partió. Hiko no dejó
que nadie la moviera de su futon hasta la mañana siguiente. Toda la noche la
acompañó, manteniendo el fuego encendido para que no sintiera frío.
La sepultamos con una de las espadas de
Hiko entre sus manos. Con todo lo que había hecho en su vida, se había ganado
con creces el título de samurai.
Dos años después, tras visitar la tumba
de mi madre, Hiko partió. Siempre he pensado que tenía todo preparado, como
quién prepara un viaje. Dejó flores a mi madre, bebió un poco de sake a su
lado y luego fue a recostarse en su futon, a dormir el sueño que lo llevaría
con ella.
Muchas veces me había pedido que el día
en que lo enterraran conservara su espada. Decía que a mi me sería más útil
que a él en la tumba. Además, se jactaba de ser tan buen samurai (y así lo
era) que no era necesario que se presentara en la otra vida con una espada para
ser reconocido como tal. En todo caso, aquel día escogí una de las mejores
espadas que él guardaba en la casa para ponérsela entre las manos. No podía
imaginar a un guerrero sin espada.
Bueno, aquí me encuentro ahora,
navegando hacia una nueva vida.
Tras la muerte de Hiko decidí viajar,
como muchos japoneses lo estaban haciendo, hacia América. El puerto final es
Iquique.
No es que quisiera escapar de mi pasado.
Lo que quería era poder comenzar de nuevo. Volver a tener una familia, volver a
comenzar una historia como la de Mercedes y Seijuro Hiko.
Ojalá este diario que he escrito se
mantenga en el tiempo para que mis hijos y sus nietos sepan que a pesar de
llevar el noble apellido Hajime, provienen de una estirpe aún más importante.
Todos son hijos de Seijuro Hiko, gran Guerrero del Japón.
HAJIME HIROSHI