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CAPITULO VIII

 

POR SIEMPRE HAJIME HIROSHI

 

 

Ya han pasado cuatro años desde la muerte de mi madre. Hiko siempre me repetía que fue una mujer excepcional, maravillosa. Se vanagloriaba de haber tenido por mujer a la amante de un rey y a la esposa de un valiente guerrero.  Hiko mi verdadero padre. Yo agregaría que también fue la mujer del mejor samurai de todo el Japón.

Muchos años han pasado desde aquel día en que volvió a encontrarse con mi madre en el dojo de Kaoru san. Tantos años como estrellas hay en el cielo me decía mamá, cuando le preguntaba desde cuando había amado a Seijuro Hiko.

A pesar de ser un samurai, como mi padre (o debo decir como mis padres), se me aprieta la garganta y se me nublan los ojos al pensar en todo lo que ocurrió en el pasado. Me duele no haberle dicho padre a Hiko, pero también me habría dolido hacerlo. Mi madre se encargó de mantener frescos los recuerdos de Hajime Saitho en mi memoria. Y su nombre me acompañará por siempre.

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Después que mamá se reencontró con Hiko en el dojo, todos fuimos a vivir a Tokio. Allí conocí a mi media hermana, Sahiko. También una extraordinaria mujer, de la cual, con el paso de los años he perdido toda pista.

Hiko, cumpliendo con lo que mi madre le prometiera a Saitho, me entrenó en el estilo Hiten Mitsuruyi.  Siempre usé la espada de Saitho, que mi madre había guardado para mi y aún la conservo.

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Cuatro años han pasado y aún me parece que fue ayer.........

 

-Hiroshi, ¡Hiroshi!- me llamó Hiko desde la puerta de la casa. Corrí a su lado preocupado. Mi madre llevaba algunos días muy enferma y el médico había dicho que le que daba pocos días de vida.

-Hiko, dime ¿ocurre algo malo?-

-.......................... será mejor que vengas conmigo- dijo Hiko

 

Mi madre estaba muriendo. Nos hizo prometer mil cosas, recordar mil cosas. Mi madre........... ¡cómo la extraño! Se despidió de mi con un beso cálido y luego los dejé solos para que compartieran ese último momento de intimidad, de amor eterno. Desde la otra habitación escuché como se perdonaban el uno al otro por todos los errores cometidos, como se agradecían. También escuché a Hiko decirle que no tuviera miedo, que al pasar a la otra vida encontraría a su también amado Saitho esperándola para protegerla hasta que a él le llegara su turno.

Seijuro Hiko siempre noble, siempre protector ¡Cuánto amaste a mi madre!

 

Esa tarde mi madre partió. Hiko no dejó que nadie la moviera de su futon hasta la mañana siguiente. Toda la noche la acompañó, manteniendo el fuego encendido para que no sintiera frío.

La sepultamos con una de las espadas de Hiko entre sus manos. Con todo lo que había hecho en su vida, se había ganado con creces el título de samurai.

 

Dos años después, tras visitar la tumba de mi madre, Hiko partió. Siempre he pensado que tenía todo preparado, como quién prepara un viaje. Dejó flores a mi madre, bebió un poco de sake a su lado y luego fue a recostarse en su futon, a dormir el sueño que lo llevaría con ella.

Muchas veces me había pedido que el día en que lo enterraran conservara su espada. Decía que a mi me sería más útil que a él en la tumba. Además, se jactaba de ser tan buen samurai (y así lo era) que no era necesario que se presentara en la otra vida con una espada para ser reconocido como tal. En todo caso, aquel día escogí una de las mejores espadas que él guardaba en la casa para ponérsela entre las manos. No podía imaginar a un guerrero sin espada.

 

Bueno, aquí me encuentro ahora, navegando hacia una nueva vida.

Tras la muerte de Hiko decidí viajar, como muchos japoneses lo estaban haciendo, hacia América. El puerto final es Iquique.

No es que quisiera escapar de mi pasado. Lo que quería era poder comenzar de nuevo. Volver a tener una familia, volver a comenzar una historia como la de Mercedes y Seijuro Hiko.

Ojalá este diario que he escrito se mantenga en el tiempo para que mis hijos y sus nietos sepan que a pesar de llevar el noble apellido Hajime, provienen de una estirpe aún más importante. Todos son hijos de Seijuro Hiko, gran Guerrero del Japón.

 

 

HAJIME HIROSHI